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Susana García Lastra en el órgano de San Nicolás, Pamplona. TXISTISusana García Lastra en el órgano de San Nicolás, Pamplona. TXISTI

Susana García Lastra:
"Tocando, me ofrezco como persona"

Fuerte, rebelde y femenina: quizá sean los tres primeros encantos que atrapan al que escuche tocar a Susana García (Villaviciosa, Asturias, 1964). Su música es vitalidad y delicadeza, sorpresa y naturalidad, un continuum a la vez que un contraste. En un diálogo norte-sur, la organista (titulada en Piano y Filología Hispánica) une en su trabajo tanto la vertiente investigadora, realizando la catalogación de los órganos de Sevilla y Asturias, como la artística y docente. Es miembro del jurado, desde 2001, en el Concurso de Composición para Órgano Cristóbal Halffter y directora artística de distintos Ciclos de Órgano en España. Galardonada varias veces, Susana García obtuvo, entre otros, el Premio Rosa Sabater (Santiago de Compostela, 2002). En la actualidad, es organista del Hospital de los Venerables en Sevilla y concertista en festivales y ciclos de órgano tanto nacionales como europeos. El pasado sábado 14 de octubre, en el marco de la 35ª edición del Ciclo de Música para Órgano en Navarra, la intérprete estrenó su energía artística en el órgano de la iglesia San Nicolás de Pamplona, un instrumento de posibilidades sonoras tan diversas como para andar por distintas épocas con un “Paso a tres: Francia-España-Alemania”.

¿Hacia dónde llegan las raíces de la música en su vida?

Creo que estudié la música porque a mi madre le gustaba mucho. Sin embargo, la falta de recursos económicos, sobre todo en aquella época y en el lugar donde nació, no le permitió formarse musicalmente. Cuando era pequeña, una vez pidió a los Reyes Magos un piano y, con el regalo, le esperaba su mayor decepción: no fue más que un piano de juguete. Pero la ilusión que tenía por la música no se desvaneció y cuando nací yo, mi madre dijo: “Esta niña va a estudiar música”. Y así fue. Empecé con el piano y vi que me atraía mucho. Entonces, el día antes de Reyes, ella me mandó a hacer los recados durante toda la jornada de un sitio para otro, hasta que incluso me empecé a enfadar. Pero cuando al día siguiente se abrieron las puertas del salón, allí estaba un piano. Ese fue el mejor regalo de Reyes que he tenido en mi vida. Así  mi madre pudo cumplir conmigo la ilusión que tenía desde pequeña.

Esa ilusión familiar por el piano se transformó más tarde en la pasión por el órgano, un instrumento que no goza de una popularidad igual. Estos 35 años de su carrera como organista, ¿percibe el crecimiento del interés por el órgano? ¿Consigue que apasione?

Sí, las cosas han cambiado mucho. Antes no iba nadie a los conciertos, no le interesaban a nadie. Ahora creo que el público empieza a entender el órgano y es así principalmente gracias a la pantalla que visualiza el trabajo del organista. Por ejemplo, todos los años yo tocaba un concierto en el órgano de mi pueblo, y por fin conseguí que pusieran una pantalla después de insistir mucho tiempo. Recuerdo que al día siguiente todos me paraban por la calle diciendo: “¡Qué barbaridad!”. Y yo llevaba tocando allí quince años. Sin embargo, fue la pantalla la que abrió la mente del público, porque mostró todo el trabajo que estaba escondido a sus ojos. Desde luego, otro factor del cambio son las actividades formativas: las visitas guiadas al órgano, cursos con los niños de colegios e institutos… Y todo esto hace que el órgano se vaya popularizando, dentro de que sea un instrumento “rarito”, igual que los que lo tocamos. Pero yo, como organista, me arriesgo, porque creo que el mundo es de los que se arriesgan. Y el público lo nota. Sabe cuándo lo que le ofreces es bueno o malo, porque para esto no hace falta saber música, sino que es muy simple: te llena o no te llena.

Soy una persona de contrastes 
y quiero contrastes en mis conciertos. 

Lo que me importa es el color,
los efectos sonoros 
y sobre todo la sorpresa".

 

¿Se arriesga también con el repertorio? Pasar por tres países y épocas diferentes, como esta vez en San Nicolás, daba sensación de colorido, pero también resulta muy completo, mostrando a su vez qué diverso puede sonar un órgano…  

Soy una persona de contrastes y quiero contrastes en mis conciertos. Y quiero que haya un hilo conductor escondido que pasa por diversas épocas. Nunca pienso históricamente, de manera cronológica, lo que me importa es el color, los efectos sonoros y sobre todo la sorpresa. Una de mis máximas es que está prohibido aburrir. Porque el público no se lo merece. Atraparlo y tenerlo cogido hasta el final  es una manifestación de ese espíritu que le hace a uno familiarizarse con el órgano. Los músicos tenemos que ser capaces de hacer llegar al público eso que nos gusta y hacer que enganche. Por eso hay que jugar con la sorpresa.

¿Un ejemplo?

Siempre suelo intercalar entre las obras clásicas la música contemporánea. Me facilita jugar con unos colores que no me permite otro tipo de música, y en unas pequeñas dosis viene muy bien. Pero hay que pensar mucho en cómo hacerlo, cómo llegar a una catarsis final.

Con tales fines, decidir un repertorio puede asemejarse en el esfuerzo con dar un concierto…

Antes de hacer un programa, le doy muchas vueltas, no lo dejo cerrado hasta que no encuentre la solución perfecta. Como cada órgano tiene características muy diferentes, me lo tengo que imaginar para elegir bien el repertorio, y hay veces que tardo varios días hasta que diga: ahora, sí. Porque creo que un buen concierto empieza por una buena programación. Aparte de eso, pienso también en el público. Porque da igual lo bien que toques: si al público no le llega, no has hecho nada. Pienso que un concierto ofrece una parte de lo que tú eres a través de la música y yo, tocando, quiero ofrecerme como persona.

A veces me parece que es precisamente la música contemporánea la que más permite descubrir la personalidad tanto del músico como de órgano mismo.

En algunos aspectos, sí. La música contemporánea permite licencias impensables en los estilos clásicos, por eso se puede ser muy creativo. Te permite trabajar en la obra un colorido orquestal y jugar con los contrastes combinando registros. Pero el elemento que más me interesa en la música contemporánea es el tratamiento del ritmo. Hay obras que tienen un componente rítmico absolutamente único, no visto en el pasado, y esto le engancha mucho a la gente, aunque sea un lenguaje al que no esté acostumbrada. Por eso suelo elegir obras muy rítmicas, dado que el ritmo me parece un potencial bestial en la música contemporánea.

Se nota que vive el ritmo físicamente.

Mi maestra, Montserrat Torrent, me riñe: “Te mueves demasiado”. Pero no puedo no hacerlo, me siento incapaz. Porque eso me da la fuerza para ser expresiva. Soy como un volcán que necesita expresarse, sacar afuera lo que lleva dentro.

 

Cuando toco, hay un impulso
que no puedo controlar:
el perseguir la belleza”.

¿Cuáles son sus pilares en cuanto a los compositores?

Hay tres compositores, de épocas diferentes, que significan mucho para mí. El primero es Francisco Correa de Arauxo, otro es Johann Sebastian Bach y tercero, Olivier Messiaen, que para mí es como un Bach actual. A su vez, Correa de Arauxo significa un momento emocionante en la historia que marcó la transición del Renacimiento al Barroco. Además, su música es muy humana, porque lo contiene todo: la pasión, el desengaño… Y es un contraste al lado de Bach, por ejemplo. Por eso siempre que puedo, programo estos tres compositores.

A pesar de los contrastes, la alternancia de sus obras no choca en la programación que usted prepara, el cambio resulta armónico, casi natural.

Lo que me mueve es la belleza. Soy incapaz de tocar una obra que no me gusta. Busco la ilusión de crear belleza en una obra, pero también la persigo cuando programo. No hay ningún problema en tocar Castillo y continuar con Correa de Arauxo porque se entienden mejor uno al lado del otro. Porque se capta mejor la diferencia y el mensaje de cada uno. Empiezas a comprender los estilos musicales, las diferentes posibilidades del instrumento, que de repente pasa de todo a la nada y al revés… Y esto es una ventaja del organista que no tiene ningún otro músico solista: poder contar con tantas posibilidades sonoras.

Quizás esos cambios bruscos durante la interpretación implican una dificultad añadida para el organista…

Sí, tiene sus complicaciones, porque obliga a ser versátil, adaptarse a cada instrumento y a sus características, como a la dureza, el tamaño de las teclas, de los pedales… Lo importante es adaptarse, y en eso está el gran aprendizaje de los organistas: saber aceptar.

En la música de los autores vivos, ¿cómo es el equilibrio entre la visión que tienen de la obra y la libertad del intérprete?

He estrenado muchas obras de los compositores con los que he tenido relación y no siempre he guardado ese equilibrio. Incluso acabé rehusando el teléfono para que no pudieran condicionarme, porque quiero tener libertad. Para mí, sea Bach o cualquiera, está la obra y después yo digo lo que veo en ella. La relación con el compositor puede ser una ventaja a la hora de aclarar ciertas dudas o descubrir una visión diferente, pero también puede ser una coacción. Personalmente, prefiero una lejanía: cuando toco, estamos la obra y yo, y la interpreto tal como la veo. Y es lo que hacemos con todas las obras del repertorio clásico: en el momento que toco tu obra, ya es mía. Así de rebelde soy (se ríe).

¿Compone?

No, no me interesa mucho la composición. Puedo improvisar, pero lo que realmente me llena y donde veo que puedo ofrecer algo es en la interpretación, lo cual también es creación. Me interesa coger una obra y ver qué puedo hacer con ella, qué puedo decir, transmitir.

 Las mujeres tenemos una manera
de transmitir las cosas
y una sensibilidad distintas,
por eso es importante reivindicar
la figura femenina en el mundo del órgano”.

¿Qué anhelos le guían cuando interpreta?

Bueno, aparte de no aburrir (se ríe), hay un impulso que no puedo controlar. Cuando toco, no me guía nada más que lo bello, el perseguir la belleza. Y es muy difícil de conseguir. Me refiero tanto a la música como a otros campos de belleza, del arte que me interesan: pintura, escultura, literatura…

¿Le aportó algo la formación filológica en su carrera de músico? ¿Son complementarias?

Mi primer amor fue la música y el segundo, la literatura. De hecho, quizá habría sido escritora, porque me gusta escribir y tengo facilidad para ello. Pero en el momento de decidirme por algo, elegí la música. ¿Pero qué tienen en común? Con la palabra se puede emocionar y con los dedos, tocar algo en el  interior de una persona. Son distintas formas de llegar a lo mismo, que es conmover con lo bello.

Ha mencionado su rebeldía a la hora de interpretar y programar, pero también hace falta recordar que es una mujer en un mundo organístico preeminentemente masculino.

Es cierto, y pienso que es importante reivindicar el papel de la mujer organista porque no está muy presente. Por ejemplo, en el año 2009 participé en el “Taller de mujeres compositoras”, organizado por el Festival de Música Española de Cádiz. Junto con la cantante Pilar Jurado, grabé un disco de órgano y canto con las obras de diez compositoras españolas. Y a partir de allí surgieron muchos proyectos, porque me interesa dar visibilidad a las mujeres, aparte de que es una música maravillosa. Normalmente, suelo incluir en la programación al menos a una mujer o tocar algo de propina. Porque es cierto que en el mundo del órgano pasamos desapercibidas. Aunque ahora el panorama esté cambiando un poco, la mayoría sigue siendo masculina, tanto de compositores como de intérpretes.

¿Qué nombres femeninos figuran en el mundo del órgano?

Creo que la figura de Montserrat Torrent como la gran dama del órgano es indiscutible a nivel internacional. Es un ejemplo de trabajo y tenacidad, ya que a sus 92 años, sigue dando conciertos y masterclass. Afortunadamente, me une a ella una gran amistad, por lo cual me siento privilegiada. Otra organista de referencia fue Marie-Claire Alain, junto a Jennifer Bate, Bine Katrine Brydorf, Cristina García Banega y otras mujeres músicas actuales. En cuanto a compositoras para órgano españolas, destacaría los nombres de Pilar Jurado, Marisa Manchado y Mercedes Zavala.

¿Y cuál es su propia aportación como mujer a la música para órgano?

Creo que las mujeres también tenemos una energía y una visión que son especiales, diferentes. Yo no toco como un hombre, pero tengo mi fuerza y mi energía. Las mujeres tenemos nuestra manera de transmitir las cosas y una sensibilidad distinta: no digo mejor que la de los hombres, sino diferente porque somos diferentes. Pero me parece importante sensibilizar a la sociedad con la mujer en la música porque en el mundo del órgano parece como si no existiéramos. Por eso no me quedo quieta: aparte de los conciertos, estoy trabajando en varios proyectos, entre los que está la catalogación de los órganos de Asturias, la revitalización de un ciclo de órgano en Sevilla, que hace años sufrió un declive por falta de financiación. Por otra parte, en Asturias ya tengo dos festivales que se están convirtiendo en unas citas musicales de referencia, lo cual me produce mucha satisfacción. Y veo que las cosas van bien, ahora siento que ha llegado mi momento, por eso quiero poner mi sello de calidad en lo que hago, quiero que el fruto de todo este trabajo sea exquisito.

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