Más información
Usted está en: Inicio > Actualidad > El organista en la vida cotidiana. Historia y proyección de un oficio digno de ser recuperado
Lunes, 30 de Noviembre de 2009
El presente texto fue preparado para la intervención del autor en el Congreso de Estudios Vascos celebrado en Vitoria el pasado 20 de noviembre de 2009
EL ORGANISTA EN LA VIDA COTIDIANA. HISTORIA Y PROYECCIÓN DE UN OFICIO DIGNO DE SER RECUPERADO
Por José Luis Echechipía París
El presente texto fue preparado para la intervención del autor en el Congreso de Estudios Vascos celebrado en Vitoria el pasado 20 de noviembre de 2009
El papel social del organista históricamente considerado
Nos encontramos en una tierra rica en órganos. La música siempre ha sido entre nosotros un valor bien apreciado, y eso se nota en multitud de iglesias de nuestro territorio. Así lo atestiguan los catálogos organísticos que, a lo largo de varios años, han ido saliendo a la luz de manera escalonada. Si comenzamos por Álava, el “Catálogo histórico documental de los órganos de Álava”, firmado por José Santos de la Iglesia, arroja una cifra, en el año de su edición, de 41. Es el territorio en el que hallamos un número más escaso de instrumentos, aunque es cierto que cuenta con varios ejemplares barrocos de gran interés. Bizkaia, por el contrario, cuenta con muy pocos órganos de este estilo, aunque muestra una cantidad sensiblemente superior según la publicación titulada “Bizkaiko organuak-Órganos de Bizkaia”: 114. En Guipúzcoa, que conserva el patrimonio más interesante en cuanto a órganos románticos, el catálogo titulado “Gipuzkoako organoak-Órganos de Gipuzkoa”, firmado en el año 1998 por José Manuel Azcue, José Mª Zapiráin y Esteban Elizondo, registra 148. Y, por último, la cantidad más elevada se encuentra en Navarra, donde el trabajo de Aurelio Sagaseta y Luis Taberna titulado “Órganos de Navarra” censó 160 instrumentos en el año 1984. Todo este patrimonio, por supuesto, no responde a un simple capricho de la sociedad de cada momento. Hay más factores que lo hicieron necesario y apreciado en su momento.
Tendemos a pensar hoy en día en los órganos como un patrimonio exclusivo de la Iglesia, y ello no es extraño, puesto que es muy bajo el porcentaje de instrumentos que se hallan fuera de los templos en nuestra región. El error se produce cuando deducimos que la Iglesia ha sido siempre la que ha adquirido o pagado esos instrumentos, y, por extensión, damos por sentado que han de ser las parroquias o monasterios las únicas que se han de preocupar de la adquisición de nuevos órganos.
Históricamente, sin embargo, la cosa ha sido bien diferente. Siempre han existido poderosos motivos para decidir la compra de un órgano. En Lübeck, Alemania, donde el gran Dietrich Buxtehude organizaba sus famosos conciertos sacros, éstos servían para que, los días de mercado, quienes acudían a dicha ciudad a resolver sus negocios pudieran tomarse un respiro a mitad de jornada escuchando buena música. Sabiendo esto, no es difícil comprender que los mercaderes ricos financiaran importantes órganos en sus ciudades como muestra de la prosperidad de las mismas ante quienes las visitaban. Ahora bien, no hace falta ir tan lejos para darse cuenta de que el asunto del órgano no era algo exclusivo de la Iglesia, sino que incumbía a todo un pueblo.
José Santos de la Iglesia - “Catálogo histórico documental de los órganos de Álava” Ed. Diputación Foral de Álava, año 1997
“Bizkaiko organuak – Órganos de Bizkaia ”Diputación Foral de Bizkaia, año 1992
José Manuel Azcue, José Mª Zapiráin y Esteban Elizondo - “Órganos de Guipúzcoa – Gipuzkoako organoak”
Fundación Kutxa, año 1998
Aurelio Sagaseta, Luis Taberna – “Órganos de Navarra” Gobierno de Navarra, año 1985
Como muestra de ello, les presento a continuación tres ejemplos:
Según se da cuenta en el trabajo “Órganos de Navarra”, ya mencionado, en Burgui, localidad del Valle de Roncal, se reúne el pueblo en el año 1636 “para hacer un órgano por sí solo, sin intervención del Cabildo eclesiástico. El importe debía ser pagado por las cofradías de vecinos y la iglesia”. En el mismo trabajo se habla del caso de la Basílica de El Romero, en Cascante, donde el Ayuntamiento se hizo cargo, en 1857, del fin del pago del órgano al no contarse con suficiente recaudación para ello.
Por otra parte, Sagaseta y Taberna hablan de la importancia de las obrerías en las parroquias de Pamplona. Estas obrerías eran juntas constituidas por vecinos del barrio en el que se ubicaba la parroquia, y, según los autores mencionados “es sorprendente comprobar hoy en día su preponderancia y dominio en el gobierno del templo y sus aledaños, así como la participación popular activa en las cuestiones de más envergadura: nombramientos de vicarios, organistas, coristas, etc.” Como muestra de ello, aportan el dato de la reunión que mantuvieron los obreros y 100 vecinos de la parroquia de San Cernin para tratar del nombramiento de un nuevo organista.
Esta importancia que se daba al órgano en los pueblos y en las ciudades, ¿Se trataba de esfuerzos orientados a contar con un elemento que diera realce musical a los oficios de la iglesia? Sin duda alguna, así era; pero había algo más.
Desde luego, el concepto que nuestros antepasados tenían de la liturgia en la iglesia, así como de muchas otras cuestiones, estaba muy distante de la manera